sábado, 3 de marzo de 2012

Madre e hija.

¿Cuántas veces, como hijos, nos hemos quejado amargamente de nuestra madre? ¿En cuántas ocasiones hemos dado rienda suelta a nuestra boca con malas expresiones sobre ella?... Yo te invito a que lo pienses para ti... 

El escrito que estás por leer, es el resultado de una escena que muy probablemente te resultará conocida y hasta familiar. 

Por último, sólo decir que, por sobre todas las cosas, más allá de los regaños, las peleas, los gritos... Una madre siempre será nuestro mayor ángel aquí en la tierra, porque en esos momentos en que la vida se nubla y uno se ha quedado sin aliento... La única persona que permanece a nuestro lado, sin condiciones, es la mamá... Porque todos pueden darse el lujo de flaquear, de tirar la toalla, pero para una madre, lo imposible se vuelve posible y la lucha, el esfuerzo, son capaces de multiplicarse tanto como hagan falta... Porque todos pueden darte la espalda, pero tu madre siempre estará ahí para ti, dispuesta, con los brazos abiertos... Porque su regazo es el lugar más cálido y seguro de este mundo; porque sin importar la edad que tengamos, siempre encontraremos en ella un corazón lleno de amor, de paz, de seguridad... 



Desacuerdos, caras largas
Un niño que recostado en la mesa espera inpaciente el fin de la conversación…
De un lado la madre
Del otro la hija…
Una con miradas propias de quien se sabe en ventaja, con superioridad.
La otra, con miradas fulminantes, pues en el fondo sabe, no hay mucho que decir…

Los minutos pasan, y al igual que en los últimos años, esta vez tampoco llegarán a un acuerdo, porque el tiempo va cobrando factura y porque con el caminar de la vida, cada una ha forjado su carácter, ha decidido no doblegarse ante nadie y, por encima de todo, resultan tan iguales, que es imposible que exista acuerdo entre ellas…

La joven levanta la voz
La madre, con enojo y rabia escondidos, aparenta tranquilidad…
Pretende dar ejemplo de pasividad, de madurez
La hija, como resultado de su incompleto conocer del mundo, trata de ponerse a la altura de su madre… Habla fuerte, mira con profundidad… No sirve de nada.
La madre la saca de quicio, porque más allá de esta conversación, la hija la ama, probablemente más que a nada en el mundo, pero es tan grande su deseo de demostrarle que ella también vale, que ha aprendido muchas cosas, que no guarda sus palabras. La madre no cede, nunca lo ha hecho…

El reloj marca otra hora, apenas 15 min después de la discusión… La madre camina por la sala, cerca de su hija, y no pasa nada… Ninguna se atreve a mirar a la otra, menos a hablarle, porque en el fondo, ambas saben que la otra tiene algo de razón…, pero ¡ah!, el orgullo es grande…

La madre se sienta, hay trabajo pendiente… Es graciosa la escena: ambas mujeres, tan similares en el físico, y más aún, en el carácter y la forma de pensar, están frente a una computadora, escribiendo… Casi me atrevo a jurar que ambas están pensando en la conversación de unos minutos atrás; casi podría asegurar que las dos quisieran en este mismo momento, levantarse y abrazar a la otra…, y decirle un tan sencillo, complejo y completo “TE AMO”…, pero no lo hacen, están ocupadas… y es que así ha sido en los últimos años, la barrera que de manera natural separa a madres e hijas, es ahora gigantesca, han crecido separadas, con mil cosas por hacer, con muchas personas ocupando el tiempo que les correspondía a ambas… Y resulta que, con los años, la hija se ha vuelto más parecida a su madre, y al ser ya “grande”, las cosas se han complicado.

Qué dilema: tan cerca y a la vez tan lejos, tan distantes… Y es que día a día se lastiman más, pierden el tiempo en tonterías, no hacen nada por llevarse bien…

Muchas ocasiones ha sido la misma escena…, y al cabo de unos días la madre y la hija están bien, “contentas”… Pero hoy, más que nunca, ruego a Dios luz para ambas, para que logren ver que en el fondo las dos se aman, y que cada segundo que pasan enojadas, significa un instante menos para disfrutarse…

La madre debería ceder un poquito, no es necesaria tanta dureza, tanta pose, el rigor en exceso no le ha dejado nada bueno… Debe entender que las exageraciones no tienen sentido, que tal vez con un poquito de amor, con unas cuantas sonrisas, logre más que con cualquier palabra fuerte.

La hija tiene que aprender que aunque le "enferme", la madre sabe más que ella… Que es una mujer experimentada…, pero que eso no la vuelve fría, que aún necesita sus palabras cariñosas, sus muestras de amor. Debe entender que con sus palabras es capaz de lastimarla más que nadie, porque es su hijita, su chaparrita, la primera, con la que aprendió a ser mamá… Debe aprender a respetarla, a ser su apoyo, su cómplice, debe ser buena hija, aunque eso a veces signifique quedarse callada, incluso cuando sepa, tiene razón…

Porque la hija ama a su madre, pues es su mayor ejemplo, su mayor inspiración… Porque no le alcanzan las palabras, pero un “GRACIAS” es lo que más se acerca a lo que quisiera decir…

Porque la madre ama a la hija, porque sencillamente el amor que como madre le tiene, es inexplicable, incomparable…

Porque ambas se aman…, pero mientras no entiendan que no son enemigas ni rivales, sino madre e hija, nada va a cambiar…


2 comentarios:

  1. Me encanto justo es lo que una madre y su hija siempre pasan, cuando quieres decirle tantas cosas no lo haces... sin embargo ambas debemos aceptar que tenemos un poco de razon en algo

    ResponderEliminar
  2. genial!!... caaa.aasssi llorooo...suerte para la proximaa..jojo naa esta padrisimoo...vene

    ResponderEliminar